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Aromaterapia puerto de luces

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El aroma de una nueva historia… Lavanda, Incienso y valentía.

16 octubre, 2025 por Gonzalo Spegazzini Deja un comentario

Cuando Martina llegó a mi consulta por primera vez, traía consigo algo más que el peso de treinta y cinco años de silencios aprendidos. Traía también, una pequeña botella de aceite esencial de lavanda que guardaba en su cartera. “Me lo regaló una amiga, me lo trajo de París en una cajita con varios aceites esenciales”, me dijo casi disculpándose, como si necesitara justificar ese gesto mínimo de autocuidado. “Dice que me va a ayudar con la ansiedad, pero no sé… capaz es una tontería”.
No era una tontería.

A lo largo de los meses que trabajamos juntos, esa botellita de lavanda se convirtió en algo más que un aceite esencial. Se transformó en un ritual, en un ancla, en un recordatorio olfativo de que ella merecía cuidarse. Cuando las noches se ponían difíciles y el impulso de llamar a Sebastián se volvía casi insoportable, Martina aprendió a detenerse, respirar profundo sobre esas gotas de lavanda, y preguntarse: “¿Qué necesito realmente en este momento?”

Después sumó otros aceites. El incienso para esos días en los que necesitaba conectar con algo más grande que su dolor. La bergamota para las mañanas en las que le costaba levantarse de la cama. El ylang ylang para recordarle que su cuerpo también merecía placer, ternura, celebración.
Los aceites esenciales no curaron su historia. Eso lo hicimos juntos, con trabajo, con lágrimas, con valentía. Pero la aromaterapia fue su compañera silenciosa en ese proceso. Fue el puente sensorial entre el dolor que vivía en su cuerpo y las palabras que a veces no podía encontrar. Fue la forma en que aprendió a habitar su espacio, a crear rituales de amor propio, a construir —aroma a aroma, día a día— una nueva relación consigo misma.

Hoy quiero compartir con ustedes la historia de Martina. No porque su camino sea fácil de leer —no lo es—, sino porque en su dolor reconozco el dolor de tantos. Y porque su sanación me recuerda, una y otra vez, que transformarnos es posible. Que podemos reescribir las historias que nos contaron sobre nosotros mismos. Que merecemos ocupar espacio, pedir amor, celebrar nuestros cumpleaños como si realmente importaran.

Porque importan. Y vos también.

Martina tenía treinta y cinco años, pero algo en su manera de caminar —con los hombros ligeramente caídos, la mirada buscando el piso— me hizo pensar en una niña que espera ser juzgada.

Se sentó como si no quisiera ocupar demasiado espacio. Como si ni siquiera el aire le perteneciera del todo.

—No sé por dónde empezar Gonzalo —me dijo, y su voz sonó tan pequeña que tuve que concentrarme más para escucharla bien.

Le sonreí. Le dije que no había apuro, que ese espacio era suyo, que podía tomarse el tiempo que necesitara.

Tardó casi diez minutos en empezar a hablar de verdad.

Martina creció en una casa grande, de esas con muchas habitaciones pero poco calor. Su padre era un hombre exitoso, siempre ocupado, siempre ausente. Su madre, una mujer hermosa y distante que parecía más preocupada por mantener las apariencias que por sostener a la niña que lloraba en su cama cada noche.

—Mamá me decía que yo era demasiado sensible —me contó Martina, mientras apretaba sus manos—. Que lloraba por todo. Que tenía que ser más fuerte, más parecida a mi hermana. Mi hermana era… bueno, ella sí hacía todo bien.

Recuerdo que me quedé mirándola mientras hablaba. Había algo desgarrador en la forma en que decía “mi hermana sí hacía todo bien”, como si ella misma fuera un error de fábrica, una versión defectuosa de algo que debería haber salido distinto.

Le pregunté qué era lo que más recordaba de su infancia.

Se quedó en silencio un momento largo. Después, con los ojos brillantes, me dijo:

—El día de mi cumpleaños número siete. Había esperado toda la semana que mis papás me hicieran una fiesta, como a mi hermana. Pero papá tuvo una reunión importante y mamá dijo que estaba muy cansada. Me compraron una torta del supermercado y la comimos los tres, rápido, antes de que mi hermana volviera de hockey. Recuerdo que mamá me dijo: “Ya sos grande, Martina. No podés pretender que hagamos un escándalo cada año”. Tenía siete años.

Mientras me contaba esto, algo se rompió en su voz. No lloró. Martina había aprendido hacía mucho tiempo que llorar no servía de nada, que mostrar dolor era ser “demasiado sensible”, que pedir amor era pedir demasiado.

—Y ahora —continuó, después de un rato— estoy con Sebastián hace cuatro años. Y siento que… siento que estoy viviendo lo mismo.

Le pedí que me contara.

—Él es bueno, ¿sabés? No es malo. Pero… —buscó las palabras en el aire, como quien busca algo que se le cayó y no puede encontrar—. Pero siempre me siento pidiendo. Pidiendo que me vea. Pidiendo que me escuche. Pidiendo que me elija.

La voz se le quebró.

—El sábado pasado fue mi cumpleaños. Me había dicho que íbamos a salir a cenar, que había reservado en un lugar lindo. Yo me arreglé, me puse ese vestido que a él le gusta… y a las ocho de la noche me mandó un mensaje diciendo que los chicos del laburo lo habían invitado a tomar algo y que no podía decirles que no porque son sus jefes. Que lo entendiera.

Martina me miró con esos ojos que he visto tantas veces en mi consulta. Ojos que te piden permiso para estar enojada, para sentirte herida, para considerarte importante.

—Y lo entendí —susurró—. Le dije que estaba bien. Me saqué el vestido, me puse el pijama, y me comí sola un pedazo de torta que había comprado yo misma en la panadería de la esquina. Y cuando él llegó a las dos de la mañana, yo le sonreí. Le dije que no pasaba nada.

—¿Y qué pasaba, Martina?

Ella se cubrió la cara con las manos. Y ahí, en ese gesto tan pequeño, tan común, vi a la niña de siete años comiendo su torta de supermercado. Vi décadas de cumpleaños olvidados, de necesidades silenciadas, de amor mendigado.

—Que me estoy muriendo por dentro —dijo entre lágrimas que finalmente se permitió derramar—. Que cada vez que me hace algo así, me digo que no es importante. Que yo soy exagerada. Que él no es malo, que simplemente está ocupado. Que no puedo pretender que haga un escándalo por mí. Que ya soy grande.

Las mismas palabras. La misma historia. El mismo dolor atravesando décadas.

Le alcancé la caja de pañuelos. Esperé. A veces el silencio es la medicina más poderosa que podemos ofrecer.

Después de un rato, Martina levantó la mirada.

—¿Sabés lo peor? Lo peor es que yo elegí a Sebastián. De todos los hombres del mundo, yo elegí a uno que… que me trata exactamente como me trataron siempre. Como si yo no importara del todo.

Asentí despacio.

—¿Y sabés por qué lo elegiste, Martina?

Ella negó con la cabeza, pero algo en sus ojos me dijo que en el fondo sí lo sabía.

—Porque es lo que conocés —le dije con suavidad—. Porque el desamor te resulta familiar. Porque en algún lugar muy profundo de tu ser, aprendiste que eso es lo que merecés. Y ahora tu vida te está mostrando, una y otra vez, lo que vos creés sobre vos misma.

Martina se quedó mirándome. Había algo en sus ojos que no había visto antes. No era comprensión todavía. Era más bien el primer destello de algo que podría convertirse en comprensión. Una grieta en el muro.

—¿Entonces… yo me estoy haciendo esto a mí misma?

—No —le dije—. Vos no te estás haciendo nada. Pero sí estás repitiendo una historia que te enseñaron cuando eras muy chiquita. Una historia que dice que no sos suficiente. Que tu amor no vale. Que tenés que conformarte con las migajas.

Me detuve un momento, buscando sus ojos.

—¿Y si esa historia fuera mentira, Martina? ¿Y si todo lo que te dijeron sobre vos misma fuera absolutamente falso?

Trabajamos juntos durante meses. No fue fácil. Nunca lo es cuando tenés que desaprender treinta y pico de años de creencias sobre vos mismo.

Le pedí que buscara fotos de cuando era niña. Que mirara a esa nena de siete años y me dijera si ella merecía que la olvidaran en su cumpleaños. Si ella merecía sentirse invisible. Si ella no era suficiente.

Martina lloró mucho durante esas sesiones. Lloró por la niña que fue. Lloró por todos los cumpleaños perdidos, por todas las veces que tragó su dolor para no molestar, por todas las veces que se hizo pequeña para caber en los espacios diminutos que le ofrecían.

Un día llegó a la consulta con algo distinto en la mirada.

—Hablé con Sebastián —me dijo.

La escuché.

—Le dije que necesitaba que las cosas cambiaran. Que yo necesitaba sentirme importante para él. Que no podía seguir siendo su última prioridad.

—¿Y qué pasó?

Martina respiró hondo.

—Se enojó. Me dijo que yo era demandante. Que siempre quería más. Que él hacía lo que podía y que yo nunca estaba conforme.

Hubo un silencio.

—¿Y sabés qué? —continuó, y por primera vez vi algo parecido a la fortaleza en sus ojos—. Esta vez no le pedí perdón. No le dije que tenía razón. No me hice chiquita. Le dije que si él sentía que mis necesidades eran demasiado, entonces quizás yo no era la persona indicada para él. Y que quizás él no era la persona indicada para mí.

Me quedé mirándola. Había algo diferente en ella. Los hombros un poco más atrás. La voz un poco más firme. El espacio que ocupaba en el sillón, un poco más amplio.

—¿Y cómo te sentiste después de decirle eso?

Martina sonrió, y era una sonrisa triste pero también llena de algo parecido a la dignidad.

—Aterrada. Pero también… liviana. Como si me hubiera sacado una mochila que venía cargando desde los siete años.

Hoy, casi dos años después de esa primera consulta, seguimos trabajando con Martina. Ya no está con Sebastián. Pasó por un duelo duro, porque terminar una relación es siempre difícil, pero más aún cuando esa relación era el reflejo de toda tu historia.

Está sola ahora. Y me dice que a veces le da miedo. Que a veces extraña tener a alguien, aunque ese alguien no la viera del todo. Pero también me dice que por primera vez en su vida está aprendiendo a no traicionarse. Que está aprendiendo que sus necesidades no son “demasiado”. Que su amor no es una carga. Que ella no tiene que hacerse pequeña para que otros la amen.

La última vez que vino, me contó algo que me llegó al alma.

—La semana anterior fue mi cumpleaños —me dijo—. Y decidí hacerme una fiesta a mí misma. Nada grande. Sólo yo, mi departamento, una torta que elegí con cuidado, velas, música que me gusta. Y me senté ahí, sola, y me canté el feliz cumpleaños.

Hizo una pausa. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero esta vez eran distintas.

—Y mientras soplaba las velas, pensé: “Feliz cumpleaños, Martina. Te amo. Vos sí importás. Vos sí sos suficiente”. Y por primera vez en mi vida, me lo creí.

Todas las noches, cuando termino mi jornada y reviso mentalmente las historias que escuché ese día, pienso en Martina. Pienso en cuántos de nosotros caminamos por la vida cargando un espejo roto, un espejo que nos devuelve una imagen distorsionada de quiénes somos.

Pienso en cuántas veces repetimos las historias que nos contaron sobre nosotros mismos, aunque esas historias nos estén matando de a poco.

Y pienso también en esto: que el amor propio no es algo que se tiene o no se tiene. Es algo que se construye. Ladrillo a ladrillo. Día a día. Con cada decisión que tomás de no traicionarte. Con cada vez que elegís no hacerte pequeña. Con cada vez que te mirás al espejo y, a pesar del miedo, te decís la verdad: “Vos importás. Vos merecés amor. No el amor que te toca mendigar, sino el amor que fluye natural, abundante, completo”.

Quizás vos también creciste en una casa donde aprendiste que pedir amor era pedir demasiado. Quizás vos también te hiciste experto en conformarte con migajas. Quizás vos también elegiste personas que te confirman, una y otra vez, que no sos suficiente.

Si es así, quiero que sepas algo: esa historia que te contaron sobre vos es mentira.

Sos suficiente. Siempre lo fuiste.

Y nunca, jamás, es demasiado tarde para empezar a creértelo.​​​​​​​​​​​​​​​​

Gonzalo Spegazzini

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