Recibí el llamado de Mateo una mañana fría de otoño. Su voz al teléfono sonaba cansada, pero había en ella una determinación que me llamó la atención.
—Gonzalo, me dieron tu contacto en el hospital. Necesito ayuda para acompañar a mi pareja. Está muy enfermo y… quiero que estos últimos meses sean buenos para él. Que no le falte nada. Que pueda irse en paz.
Siempre prefiero, cuando es posible, conversar mirando a los ojos. Acordamos encontrarnos en su casa de Buenos Aires dos días después.
Mateo me abrió la puerta con una sonrisa cálida. Era joven, tendría unos treinta y siete años. Alto, de contextura delgada, ojos claros y pelo castaño despeinado. Me recibió con un abrazo, como si nos conociéramos de toda la vida.
—Bienvenido, Gonzalo. Gracias por venir tan rápido. Pablo está descansando, pero en un rato se despierta. Pasá, por favor.
Entré a una casa de una sola planta en Caballito, refaccionada con gusto, luminosa. Grandes ventanales dejaban entrar la luz de la tarde. Por una ventana se veía un patio con plantas y dos bicicletas apoyadas contra la pared. En las paredes colgaban fotografías de viajes, láminas de edificios famosos —la Pedrera de Gaudí, el Guggenheim de Bilbao—, y fotos de ellos dos en distintos lugares del mundo. Una guitarra descansaba en un rincón. Todo hablaba de una vida compartida, de intereses comunes, de amor.
Mateo me guió hacia unas sillas junto a la ventana, donde me esperaba una rica taza de té. Nos sentamos y empezamos a conversar.
—Pablo y yo estamos juntos hace siete años —me contó—. Nos conocimos en Madrid. Yo estaba haciendo un posgrado en diseño gráfico y él trabajaba en un estudio de arquitectura. Fue… fue como encontrar la otra mitad de mí mismo, ¿sabés?
Volvimos juntos a Buenos Aires hace cuatro años. Armamos esta casa, armamos una vida.
Me contó que Pablo era arquitecto, oriundo de Mendoza. Venía de una familia tradicional, muy religiosa. Padre ingeniero naval, madre muy involucrada en la parroquia del barrio. Una familia unida, de esas que se juntan todos los domingos a comer asado.
—Pablo es el mayor y único hombre de tres hermanos —siguió Mateo—. Siempre fue el hijo ejemplar. El que estudiaba bien, el que nunca daba problemas. Su familia tenía muchas expectativas puestas en él.
Hizo una pausa. Tomó un sorbo de té.
—Cuando Pablo les contó que era gay, su padre lo echó de la casa. Le dijo que era una vergüenza para la familia. Que prefería no tener hijo a tener uno así. Eso fue hace ocho años. Desde entonces, no tuvo más contacto.
—¿Nada de contacto? —pregunté.
—Nada. La madre le manda algún mensaje de vez en cuando, por el cumpleaños o Navidad. Pero Pablo no le responde. Decidió rearmar su vida lejos, sin ellos. Dice que fue lo mejor que pudo hacer.
Mateo se quedó mirando por la ventana.
—Y ahora está enfermo. Cáncer de páncreas. Avanzado. Hizo quimio, hizo de todo. Al principio parecía que respondía, pero hace dos meses nos dijeron que no hay mucho más por hacer. Que le quedan algunos meses.
Se le quebró la voz.
—Y su familia no sabe nada. Ni de la enfermedad ni de mí. Pablo no quiere que sepan. Dice que ya está, que esa parte de su vida quedó atrás. Pero yo… yo siento que hay algo ahí que le pesa. Y por eso te llamé Gonzalo.
Mientras conversábamos, Pablo apareció desde el dormitorio. Caminaba despacio, apoyándose levemente en la pared. Era joven, de rasgos definidos, pelo negro y unos ojos oscuros muy expresivos. A pesar de la delgadez que le había dejado la enfermedad, conservaba una elegancia natural.
Me levanté para saludarlo. Nos dimos la mano.
—Gonzalo, gracias por venir —me dijo, con una sonrisa cansada pero genuina.
—Gracias por recibirme, Pablo.
Se sentó con cuidado en el sillón. Mateo le acomodó un almohadón en la espalda, le preguntó si quería agua, si estaba cómodo. Había tanta ternura en esos gestos que me conmovieron.
Los tres conversamos durante más de una hora. Me contaron de su vida en Madrid, de cómo se habían conocido en una exposición de arquitectura, de la conexión inmediata que sintieron. Me hablaron de los viajes que habían hecho juntos, de los proyectos que Pablo había diseñado, de la casa que habían armado con tanto amor.
Pablo estaba perfectamente al tanto de su diagnóstico. Hablaba de su enfermedad con una serenidad que me sorprendió. No había negación, no había enojo. Había aceptación.
—Sé que me queda poco tiempo —me dijo, mirándome a los ojos—. Y quiero aprovechar cada día con Mateo. Quiero que estos meses sean… buenos. Tranquilos. Sin sobresaltos.
Le pregunté si había algo que lo preocupara especialmente, algo con lo que pudiera ayudarlo.
Pablo miró a Mateo. Los dos se sostuvieron la mirada un momento.
—Hay algo —dijo finalmente—. Pero hablemos en unos días. Todavía lo estoy pensando.
Pasaron unos días. Volví a visitarlos a la siguiente semana. Esta vez Pablo me esperaba solo. Mateo había salido a hacer unas compras.
Nos sentamos en el living. Pablo tenía mejor color que la vez anterior.
—Quería hablar con vos a solas —me dijo—. Sobre mi familia.
Lo escuché.
—Mateo piensa que debería decirles. Decirles que estoy enfermo, que me estoy muriendo. Que conozcan esta parte de mi vida, que lo conozcan a él. Pero yo no sé si quiero eso.
Le pregunté por qué.
—Porque ya pasó, Gonzalo. Pasaron ocho años. Yo armé una vida sin ellos. Una vida feliz. Con Mateo encontré algo que nunca pensé que iba a tener. ¿Para qué voy a remover todo ahora? ¿Para qué voy a hacerlos venir, enfrentarlos con esto, obligarlos a aceptar algo que no pudieron aceptar cuando tuvieron la oportunidad?
Hizo una pausa.
—Además, estos meses son de Mateo. Son nuestros. No quiero que mi familia invada este tiempo. No quiero tener que lidiar con su incomodidad, con su culpa, con sus intentos de reparar ocho años en unas semanas. Quiero morirme como viví estos últimos años: en paz, con el hombre que amo, sin tener que explicarle nada a nadie.
Entendí su punto. Y se lo dije.
—Pero hay algo más, ¿no? —le pregunté suavemente—. Algo que te pesa.
Pablo bajó la mirada.
—Sí. No quiero que cuando me muera, mi familia cargue con la culpa. No quiero que mi padre se pase el resto de su vida pensando que me rechazó y que nunca pudo pedirme perdón. No quiero que mi madre llore porque no estuvo a mi lado. No quiero eso para ellos.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Yo los perdoné hace tiempo, Gonzalo. De verdad. Entiendo que no pudieron con mi verdad. Que los criaron en otra época, con otras ideas. Mi padre hizo lo que pudo con lo que tenía. Y yo… yo ya no les guardo rencor. Pero ellos no lo saben. Y cuando me muera, van a vivir con eso. Con la idea de que morí odiándolos. Y no es así.
Le propuse algo.
—¿Qué te parece si escribís? Cartas para cada uno de ellos. Para tu padre, tu madre, tus hermanos. Contándoles lo que necesitás contarles. No para mandarlas ahora, sino para que las reciban después. Cuando ya no estés.
Pablo me miró, pensativo.
—¿Cartas?
—Sí. Podés tomarte tu tiempo. Escribir lo que sientas que necesitás decir. Y cuando estén listas, las guardamos. Mateo o yo se las haremos llegar cuando llegue el momento.
Pablo se quedó en silencio un largo rato. Después asintió.
—Sí. Creo que eso es lo que necesito hacer.
Además de las cartas, le propuse trabajar con aceites esenciales. Le expliqué que a veces, cuando estamos procesando emociones muy profundas, el cuerpo necesita ayuda para soltar lo que la mente ya decidió soltar.
—Los aceites es. trabajan con partes muy antiguas de nuestro cerebro —le dije—. El sistema límbico, donde guardamos las emociones que a veces no podemos procesar solo con palabras.
Le mostré el aceite de rosa.
—Este es para el corazón. Para trabajar con el perdón, con el amor, con todo lo que guardamos ahí.
También le di bergamota para los días de tristeza profunda, e incienso para conectar con algo más grande que su dolor, con esa dimensión espiritual que él, a pesar de todo, conservaba.
Le pedí que cada mañana, antes de sentarse a escribir, se pusiera una gota de rosa en el pecho. Que inhalara profundo y se diera permiso para sentir lo que fuera que apareciera.

Pablo aceptó. Y empezó a escribir.
Durante las siguientes semanas, Pablo pasó horas escribiendo. Mateo me contaba que a veces lo encontraba llorando sobre las hojas, otras veces sonriendo mientras recordaba alguna anécdota de su infancia.
—Es muy fuerte verlo así —me dijo Mateo en una de nuestras conversaciones—. Está sanando algo. Lo siento. A veces llora tanto que me da miedo que se agote, pero él me dice que llorar le hace bien. Que necesita sacar todo eso.
Me contó también que la cama de Pablo estaba siempre llena de borradores arrugados. Que escribir le costaba, que buscaba las palabras exactas, que quería que sus cartas fueran perfectas.
—Cuando está muy cansado, me dicta —me dijo Mateo—. Y es hermoso, Gonzalo. Las cosas que les dice a su familia… es como si finalmente pudiera hablar sin miedo. Sin bronca. Solo con amor.
Esas semanas fueron intensas. Pablo trabajaba con los aceites todas las mañanas. Me contaba que el aroma de la rosa lo ayudaba a abrir el pecho, a conectar con ese amor que sentía por su familia a pesar de todo.
—Es raro —me dijo una tarde—. Yo pensé que escribir estas cartas iba a ser doloroso. Y lo es. Pero también es… liberador. Como si estuviera soltando algo que llevaba cargando mucho tiempo.
Una mañana, Pablo me llamó.
—Ya terminé las cartas —me dijo—. ¿Podés venir? Quiero dártelas.
Fui esa misma tarde. Mateo me recibió en la puerta. Tenía los ojos hinchados.
—Hoy está débil —me dijo en voz baja—. Hace días que casi no sale de la cama. Pero quiere verte.
Entré al cuarto. Las paredes estaban llenas de fotos, de tarjetas que les habían dejado amigos, de recuerdos de viajes. Era un cuarto lleno de vida, de amor.
Pablo estaba recostado, muy delgado, pero con la mirada clara. Me sonrió cuando me vio.
—Hola, Gonzalo.
—Hola, Pablo.
Me senté a su lado. Me extendió un sobre.
—Acá están. Las cartas. Para mi familia. Una para mi padre, una para mi madre, una para cada una de mis hermanas.
Tomé el sobre con cuidado.
—¿Querés que te las lea? ¿O preferís que se las mande tal cual están?
—No, no las leas. Son para ellos. Solo… por favor, asegurate de que las reciban. Cuando yo ya no esté.
—Te lo prometo.
Nos quedamos en silencio un rato. El aroma de la rosa llenaba la habitación. Pablo me había dicho que le pedía a Mateo que la difundiera todos los días.
—Gracias —me dijo finalmente—. Por ayudarme a hacer esto. Por los aceites. Por acompañarme en esto.
—Gracias a vos, Pablo. Por confiar en mí.
Nos dimos un abrazo. Largo. Sentí que era la última vez que nos veríamos.
—Cuidate mucho —le dije.
—Vos también.
Cuando salí del cuarto, Mateo me esperaba en el living. Nos abrazamos sin decir nada.
Esa fue la última vez que vi a Pablo.
Dos semanas después, Mateo me llamó. Pablo había muerto esa madrugada, en su cama, tomado de su mano.
—Fue tranquilo —me dijo Mateo, llorando—. Estábamos los dos solos. Le estaba leyendo un libro que le gustaba. Y en un momento dejó de respirar. Así. En paz.
Me quedé en silencio, acompañándolo del otro lado del teléfono.
—¿Las cartas? —me preguntó después de un rato.
—Las voy a mandar esta semana. Te prometo que van a llegar.
Cumplí mi promesa. Mandé las cartas a la familia de Pablo en Mendoza. Una para cada uno.
No supe nada durante dos semanas. Hasta que una tarde recibí un llamado de Mateo.
—Gonzalo, necesito contarte algo. Me llamaron los padres de Pablo. Recibieron las cartas. Y… quieren conocerme. Quieren venir a Buenos Aires.
En su voz había una mezcla de emoción y miedo.
—¿Qué les dijo Pablo en las cartas? —le pregunté.
—No sé. Nunca las leí. Pero la madre me dijo, llorando, que Pablo les había pedido perdón por no haber podido ser el hijo que esperaban. Y que les pedía que me cuidaran a mí. Que yo era su familia. Que lo había acompañado cuando ellos no pudieron.
Mateo se quebró.
—Me dijeron que querían conocer la casa donde vivió Pablo. Que querían conocer al hombre que lo hizo feliz. Que querían… que querían pedirme perdón a mí también.
Dos semanas después, los padres y hermanos de Pablo viajaron a Buenos Aires. Pasaron una tarde en la casa de Caballito. Mateo me contó después que lloraron mucho, los cinco. Que se abrazaron. Que la madre le agradeció por haber cuidado a su hijo.
Que el padre, con la voz quebrada, le dijo: «Pablo eligió bien. Se nota que te quería mucho».
Pablo me enseñó que el perdón no es para el otro. Es para uno mismo. Que soltar el rencor, aunque el otro nunca lo sepa, nos libera.
Y me enseñó algo más: que nunca es tarde. Que incluso desde la muerte, podemos seguir sanando a los que amamos. Que las palabras escritas con amor tienen el poder de transformar, de reparar, de abrir corazones que estaban cerrados.
Las cartas de Pablo le dieron a su familia el perdón que no sabían que necesitaban. Y le dieron a Mateo una familia que lo recibió con los brazos abiertos.
Hoy, cuando alguien llega a mi consulta cargando un rencor que lo está matando, pienso en Pablo. Pienso en sus cartas. Y le digo lo mismo que le dije a él: perdonar no es para el otro. Es para vos. Es para que puedas soltar eso que te pesa. Es para que puedas vivir —y morir— en paz.
Pablo lo hizo. Y vos también podés.


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